¿Qué diría Mafalda hoy?
Entrega #1 de Quién te ha visto y quién te ve
Cuando era chica, mi papá solía comprar el diario Clarín en el kiosko “El Foca” de Carhué. Todos los meses lo iba a buscar y, con el diario físico, si ponías unos 70 pesos arriba, venía una historieta de Mafalda. Llegaba papá con el diario y un envoltorio transparente bastante austero ―que para mí no dejaba de ser un regalo increíble―, que traía un número de la tira: 1, 2, 3, 4... Yo tenía ocho o nueve años y, así, mes a mes fui leyendo y juntando la colección completa de la gran creación de Quino. Me iba a mi habitación y me tiraba en la cama a leer, a veces, el número completo de un tirón.
El panorama general ―o inocentemente preciso― que yo interpretaba de Mafalda era el de una niña medio rebelde, una niña-adulta desencajada, reflexiva, con una mirada muy crítica sobre el mundo, sobre lo establecido. Percibía una inconformidad, una insatisfacción, un mirar de reojo. ¿De qué se enoja tanto Mafalda? ¿Por qué está tan preocupada? ¿Por qué tiene esos pensamientos todo el tiempo? Era una niña hablando de “temas de adultos” y, claramente, había un montón de cosas que yo no entendía. A su vez, me parecía graciosa, ocurrente, y su perspicacia e ironía hacían a esa lectura adictiva y yo seguía, aún sin entender del todo, incluso sin entender nada. Avanzaba porque con algo de todo que decía me identificaba.

Las pequeñas historias muestran a Mafalda deambulando o en una situación cotidiana que lleva a un remate inesperado o contundente. Muchas veces Mafalda no encontraba respuestas y, su interrogante, dejaba la pelota picando. Esos remates, justamente, terminaban con signo de interrogación o con puntos suspensivos: la pregunta y la incertidumbre fijas en su paso por el mundo. Esos pensamientos, a los que Quino da vida con maestría en tan pocas palabras y viñetas, se han convertido en monumentos de la cultura popular. Mafalda deambula por las calles con su fluir de conciencia.
Sin embargo, la figura de Mafalda excedió al autor y su obra. A Mafalda una puede encontrarla desde en una publicación de Facebook de la vecina por el día de la madre, hasta en un grafiti que incita a la lucha social en un tapial de un barrio cualquiera. Mafalda aparece con frases suyas, con frases que se le adjudican pero que nunca dijo, incluso con frases de otros. Aún así, el elemento en común suele ser esa esencia cuestionadora, rebelde y crítica. Incluso en el mundo digital, cuando sucede un hecho social o político de relevancia, me he cruzado en redes con la frase "¿Qué pensaría Mafalda de esto?". La voz inquisidora de Mafalda está ahí presente. Así, se la han apropiado también movimientos sociales en la actualidad como el feminismo, para representar la inconformidad y el cuestionamiento.

El legado de Quino permanece no solo ahí, en las historietas, de la primera hasta la última hoja, sino en las palabras, pensamientos y lugares de otros. Dio vida a un personaje adelantado a su época que hoy sigue vigente y que invita a cultivarse y rebelarse, que mantiene el ímpetu de ir contra algo, que se deja apropiar y desfigurar, que excedió el mero medio físico del papel. Quino logró hasta inmiscuirse en el lenguaje con conceptos como el “ser susanita” y creo que, cuando alguien logra meter nuevas palabras en el lenguaje, su influencia está, de algún modo, consagrada.
Mafalda permanece atemporal porque en cualquier época es bueno amigarse con la duda, la incertidumbre, la pregunta. Sobre todo, mirar el mundo no con un optimismo ciego, sino con una pequeña esperanza rescatada por la ironía, la inocencia y la curiosidad por saber. Así que, por eso y por mucho más, esta es mi carta de amor a Mafalda.



